Llegué a la farmacia
y le pedí a la señorita justo lo que necesitaba, ella me observó extrañada y me
pidió que la esperara unos segundos, se dirigió a otra de sus compañeras y pude
ver como a lo lejos ambas dialogaban en voz baja claramente consternadas –Dios mío- pensé –¿Mi padecimiento será incurable?- Al poco tiempo la otra señorita
se acercó a mi todavía con cara de asombro y me pidió que escribiera en un
papel lo que necesitaba, yo tomé una hoja de mi libreta y así lo hice.
Ella lo
leyó y me volteó a ver, después de un par de segundos me dijo -permítame tantito – y se alejó unos
metros, tomó el teléfono y comenzó a discutir, colgó la bocina y regresó
conmigo -¿Trae receta médica?- me
preguntó. –No, no traigo- le contesté
extrañada -¿Me permite un momento?-
preguntó de nueva cuenta –Si- le
contesté ya un tanto molesta.
La señorita se dirigió a la computadora y comenzó
a escribir… al poco rato regresó y me preguntó -¿Cuántos años tiene? –-¿De
verdad eso importa?- le pregunté –
Claro que importa- aclaró. -Treinta y
cinco señorita--¿Y está casada?-me preguntó- ¡Que mas le da! ¿Me puede ayudar o no?-le contesté ya muy molesta y
alzando la voz -Sí pero permítame dos
minutos- y diciendo esto desapareció y regresó a los cinco minutos-Buenas tardes ¿Le puedo ayudar en algo? –-¡Es
broma! se dirige a mí como si acabara de llegar, como si no me hubiera visto
¿Está usted bien?- le pregunté –si
estoy perfecta- me contestó- Sabe que
señorita ya perdí la paciencia me voy- -¡No no espere!- me dijo- le tengo dos noticias una buena y una
mala, la mala es que definitivamente en ninguna farmacia venden lo que usted
llegó pidiendo, un remedio para tener paciencia, y la buena es que usted misma
me acaba de decir que perdió la paciencia y nadie pierde lo que no tiene, vaya
a su casa respire profundo recuerde que la paciencia es
una virtud que puede ser cultivada y nutrida con el tiempo, así que no se
justifique diciendo que es un ser impaciente de nacimiento y ejercite ese valor
hasta convertirlo en una virtud en su vida-
Salí de
la farmacia y me fui a mi casa
Y así
concluye este cuento. Yo verdaderamente me considero un ser impaciente y lo
comparto con ustedes, me cuesta trabajo
no ser impaciente en un mundo donde tenemos todo a la orden de un click, donde
todo fluye a mil por hora, donde las mujeres somos amas de casa, madres,
esposas, trabajadoras, etc… Hoy dedico esta columna a las mujeres maravilla que
se detienen a contar hasta diez, que respiran, que meditan y que logran hacer
del valor de la paciencia una virtud en sus vidas. A las madres que responden
mil y un veces a las preguntas de sus hijos y a los hijos que responden mil y
un veces a las preguntas de sus padres.
A las que hemos llorado de arrepentimiento por haber perdido la
paciencia con nuestros seres queridos y a las que en muchas ocasiones nos hemos
demostrado que sí podemos ser pacientes. Al final del día somos seres humanos,
aplaudámonos cuando hagamos bien las cosas y no seamos tan duros cuando pase lo
contrario.