sábado, 27 de septiembre de 2014

El Turista

Cuando una persona se convierte en padre o madre, su vida cambia de manera radical. Te das cuenta lo “sencilla” que era tu vida antes de convertirte en progenitor, incluso si tu trabajo te sobrepasa o ya no aguantas más siempre tendrás la opción de renunciar, aspecto que, idealmente, no aplica para aquel que se convierte en padre o madre, aunque tristemente siguen habiendo casos de padres que van por cigarros al oxxo y no vuelven.

Por su puesto este no es el caso de mi marido y yo, que bendecidos con la llegada de dos hijos hemos conocido el amor más puro e incondicional que puede existir, pero también el cansancio y el estrés más grande del mundo. Llámenme aprensiva, pero realmente que mamá no ha sentido la desesperación de no poder controlar el vómito de su hijo o de bajarle la fiebre. Por eso y porque sabemos que hay mucho temas que como padre y madre te interesan Vive canal creó “Buenos hijos, excelentes padres” un programa que tengo el gusto de conducir de lunes a viernes a las 10 am y hoy, a través de este medio, comparto con ustedes un anécdota que decidí inmortalizar escribiendo un cuento hace un par de años

A mi hijo Jordi con cariño…

“El Turista”

Eran apenas las cinco de la mañana y el turista ya estaba buscando diversión del otro lado del pasillo, específicamente en mi cuarto, los paisanos dormíamos plácidamente pero el casi imperceptible ruido de sus pasos hizo que uno de los lugareños abriera los ojos, al ver al turista volvió a cerrar los ojos sin titubear preguntándose a si mismo -¿Qué hace él aquí, a esta hora?-

-Papáaaaaaaaa, papáaaaaaaaa- dijo el turista, con una voz de decibeles muy altos que él consideraba baja.

-¿Qué pasó Jordi? preguntó resignado el  papá.

-Quiero jugar con el aipau- respondió

-¿Quieres jugar con Ana Pau? preguntó el papá al no entender la petición del turista

-No papá, quiero jugar a los pájaros enojados en el aipau

-¡Ah! no Jordi no inventes es muy temprano vete a dormir y pobre de ti si despiertas a tu hermana.

Jordi como buen turista tenía un plan B, por ningún motivo permitiría que algún contratiempo cambiara su itinerario de diversión.

-Mamáaaaaaaaaa, mamáaaaaaa- llamó Jordi añadiendo un piquete de ojo para asegurar que la lugareña atendería a su llamado, la lugareña que obviamente estaba despierta desde que el turista había pasado la frontera le respondió preguntándole un tanto molesta:

-¿Qué pasó Jordi? -

Jordi sabía que su plan del aipau había fracasado, entonces cambió la estrategia y añadiendo un toque de ternura formuló otra petición

-Quiero lechita-

-No te voy a dar leche ahora Jordi, ve la hora que es y por favor vete a tu cama- ordenó la lugareña

¡Cama! pensó Jordi para si mismo, obviamente no iré a mi cama, el turista sabía que eso significaba cruzar de nuevo la frontera y haber fracasado en sus planes. Así que pensó dos segundos se paró frente a la cama y gritó con emoción triunfante...

-¡Mamá! ¡Papá! POPOOOOOOO


*Aipau: Nombre que mi hijo Jordi de tres años que por cierto ya no usa pañal le da a la línea de tabletas diseñadas y comercializadas por Apple Inc

sábado, 20 de septiembre de 2014

Entre la frustración y la creatividad

Y ahí estaba ella, contemplando a su hijo que caminaba de un lado a otro del jardín sin siquiera haber cumplido un año. Tenía ganas de llorar y reír al mismo tiempo, y esto no era raro en ella pues esa ola de sentimientos ambiguos la inundaban casi todo el tiempo. Acostumbrada a hacer su trabajo casi a la perfección no podía entender como ser mamá le parecía tan complicado y a veces imposible. Como después de estar tantos años en recursos humanos “manejando gente”  evidentemente más grande y preparada que sus bebés, no lograba ser la madre ejemplar que había soñado. Su cerebro realista y sensato y su corazón lleno de locura e imaginación hacían que su vida en muchas ocasiones fluctuara entre la fantasía y la tormenta. 

Ese día Matías, su hijo mayor de tan solo tres años se rehusaba a bañarse. Su argumento era que no debía hacerlo porque ya lo había hecho un día anterior. Fabi logrando domar su impaciencia decidió no enojarse y mejor decirle que si no quería hacerlo, que no lo hiciera. Unos minutos más tarde invitó a Matías a sentarse cerca de su computadora y le preguntó con su acento mitad chiapaneco mitad yucateco:

-Mira hijo, este señor harapiento que ves aquí en la pantalla, se llama el Ecoloco loco ¿Sabes por qué tiene su carita tan fea y tan sucia?

-No mamá- respondió Matías

-Pues porque no se bañaba diario- respondió Fabi

Matías se quedó en silencio unos segundos y le pidió a Fabi, que por favor lo metiera a bañar y acto seguido Matías estaba disfrutando su baño.

Fabi se sentía satisfecha, había logrado comunicarse con su hijo sin pelear y persuadirlo para que tomara el baño.

Al otro día Fabi metió a sus hijos a la camioneta y se dirigió al kinder, en el semáforo a Matías le llamó mucho la atención un indigente pidiendo limosna

-Mamá, ya sé porque el Ecoloco loco no se baña

-¿Por qué hijo?

- Porque en los semáforos no hay regaderas


El escrito anterior sabe a cuento pero yo lo clasificaría como anécdota. Le pasó a una mujer, que más que amiga es como una hermana para mí. Quise compartirlo con ustedes porque ser mamá es una profesión maravillosamente complicada y que requiere de mucha creatividad para ser llevada a cabo, muchas personas piensan que la mujer nace con algo a lo que llaman “Instinto materno” y que éste hará que la mujer que se convierte en madre realice está difícil tarea con un arte y felicidad sin igual. 

Los medios de comunicación se han encargado en gran parte de hacernos pensar eso. Nos muestran mamás felices, mamás que al mes de haber parido han recuperado no solo su figura, sino su rostro descansado y la energía perdida en todo este proceso. Y muchas veces la alegría que sentimos por ser madres y ver crecer a nuestros hijos es inversamente proporcional a la frustración que sentimos al dejar de lado intereses que llenaban nuestro corazón de mujer, pero nadie nos dice que se vale sentirnos así, que es humano, y que eso no nos hace malas madres. Hoy mi mujer maravilla es Fabi, la protagonista de este cuento. 

Y ya para terminar aprovecho este espacio para que todos los días me permitas entrar a tu hogar a través de mi programa “Buenos Hijos, Excelentes padres” a las 10 am por vivecanal

lunes, 8 de septiembre de 2014

Homosapiens sapiens conectadus

Hace unos momentos imaginaba una posible plática entre Jordi (mi hijo) y yo en unos seis años en uno de tantos regresos de la escuela a la casa.

30 de abril de 2020

Jordi llega contento a casa con una bolsa de dulces que parece interminable. La fecha y el detalle de los dulces me hace recordar aquel treinta de abril en el que por alguna razón mi mamá llegó dos horas tarde por mi al colegio.

-¡Ah! como me hizo más corta la espera la típica bolsa de dulces que te dan el día del niño en la escuela- Comenté en voz alta

-¿Cuándo?- Preguntó Jordi

-Uy mi amor hace muchos años, imagínate yo tenía tu edad y por alguna razón a mi mamá se le hizo tarde, yo la verdad estaba preocupada porque no era algo que pasara a menudo pero me quedé esperando mientras comía mis dulces.

-¿Y por que no le llamaste por teléfono? -Preguntó Jordi intrigado

-No recuerdo que hubiera un teléfono público cerca- contesté pensativa

-¡Un teléfono público! ¿Qué es eso? -Preguntó aún mas intrigado

-Un teléfono público eran unas cabinas sostenidas de un poste y en estas cabinas habían unos teléfonos rectangulares como del tamaño de ese cuadro- decía mientras señalaba- y le metías monedas o metías una tarjeta, en algunas calles todavía encuentras algunos aunque ya no funcionan.

- Yo lo que quise decir es ¿Por qué no le llamaste por tu smartphone?

-Ay amor, los smartphones, incluso los celulares no existían.

- ¡Que! -Exclamó muy asombrando –Y por lo tanto tampoco tenías Internet, ni Facebook y no podías escribir recaditos en Twitter ¿Y cómo mandabas las tareas al profe? Órale ma eran una especie de seres humanos desconectados… y bueno ¿Cómo se comunicaban si vivían prácticamente incomunicados?

-Créeme hijo nos comunicábamos más.